Durante mi trayectoria he podido en ocasiones disfrutar del acompañamiento de este inmenso instrumento a través de algunos de sus, debo decir, mejores intérpretes en el panorama español. Uno de ellos, el organista y también clavecinista Francisco Javier Jiménez, con quien tuve el honor de compartir tablas en varias ocasiones, una de ellas durante el estreno del “Magnificat de VII tono” del compositor Tomas Sánchez, en la Basílica de San Juan de Dios de Granada en Mayo de 2015, si no recuerdo mal.
Francisco Javier Jiménez Martínez, natural de la provincia de Granada se ordena como presbítero de la Diócesis de Guadix en 2013 ocupando plaza en la parroquia de Aldeire, en la Comarca del Marquesado. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y máster en Teología Sistemática por la Facultad de Teología de Granada, donde en la actualidad completa su formación con el doctorado en Teología Sistemática con un proyecto de tesis dedicado al tema “El lenguaje simbólico-musical en la obra de Johann Sebastián Bach como expresión estético-teológica de la Cruz y la Trinidad”.
En el ámbito musical realiza estudios de Grado Medio en la especialidad de órgano en Granada, completando sus estudios superiores en el Conservatorio Superior de Música de Valencia bajo el auspicio del catedrático Carlos Paterson. Entre sus muchos haberes destaca su labor como clavinecista de la Orquesta Clásica de Granada y la de director artístico de la Orquesta de Cámara “Marquesado del Zenete” del Ayuntamiento de Aldeire (Granada).
Pero además, hoy el organista granadino Francisco Javier Jiménez tiene una nueva y merecida medalla: su nombramiento ‘ad tempus’ por tres años desde el pasado 12 de junio como orangista titular de la Catedral de León, ocupando la plaza que recientemente libraría el mismísimo Samuel Rubio.
Buenos días.
Significa algo para lo que he dedicado toda mi vida profesional, junto con mi vocación sacerdotal. Ser organista me ha supuesto un sacrificio indescriptible, con enfermedades incluidas, pero que ha merecido la pena absolutamente. Tengo que agradecer a este trabajo, amistades insustituibles y momentos que recordaré toda mi vida.
Lo definiría como un instrumento holístico, una especie de orquesta que puede sonar de las manos de un solo intérprete. Un instrumento sacro y profano a la vez. A la vez habría que decir que es equivocado hablar del órgano en general, aunque haya características compartidas, ya que no hay ni un solo órgano igual a otro, cada instrumento es muy distinto y tiene su propia idiosincrasia.
Las funciones del órgano no pueden ser solamente litúrgicas, pues hoy tenemos también órganos en grandes salas de concierto y auditorios. El primer órgano que conocemos fue inventado por Ctesibios de Alejandría en el siglo III a.C., y era utilizado en el teatro y en ambientes profanos. Hasta el siglo VIII no entra en la iglesia. Aunque hoy lo asociamos inmediatamente a la liturgia, habría que decir que, quizás, la mayor parte del repertorio escrito para este instrumento es profano, baste mencionar los grandes preludios y fugas, fantasía, tocatas, que escribió el grandísimo Johann Sebastian Bach, y el halo que dejó en compositores posteriores que siguieron sus pasos. Es un instrumento tan completo que prácticamente no tiene limitaciones interpretativas. En general, se puede decir que podemos encontrar instrumentos de un solo teclado, hasta otros instrumentos de hasta cinco teclados y pedaleo de 32 pedales y hasta más de cuatro mil tubos con timbres particularísimos que imitan instrumentos musicales así como la voz humana. Sería muy complicado hablar en pocos párrafos de sus propiedades. En mi biblioteca tengo una obra sobre el órgano barroco español que ocupa tres tomos.
Se tiene un conocimiento muy limitado. Cuántas veces me han dicho que toco el piano cuando me ven sentado a los teclados del órgano. Un pianista no puede ni debe tocar el órgano, así como a mi no se me ocurriría sentarme a dar un concierto de piano, entre otras cosas porque no tengo formación para enfrentarme con ese instrumento. Incluso hay mucho desconocimiento entre la crítica musical que podríamos denominar seria. Es lo que tiene la ignorancia, que es muy atrevida en lo que se puede decir o escribir.
Se está poniendo en valor el órgano en muchos festivales. En Granada, cada año, en septiembre, se celebra la Academia Internacional de Órgano, que trae a los mejores intérpretes del mundo. Me atrevería a decir que es el mejor festival de órgano que tenemos en nuestro país. Sin embargo, los conservatorios no tienen demasiados alumnos de órgano, sobre todo por el desconocimiento general que hay sobre el órgano y su vinculación exclusiva a la liturgia. Parece como si el órgano solo fuese “tocar en misa”, y para nada es así, aunque el servicio litúrgico es dignísimo y de una importancia extraordinaria. Personalmente, sí echo en falta que la Iglesia ponga en valor este instrumento y apueste por escuelas diocesanas de organistas para formar a los músicos en la interpretación de este instrumento.
No es necesario. Creo que no conozco demasiados organistas sacerdotes, y me refiero a organistas con formación académica. Personalmente, creo que el organista litúrgico si requiere una cierta unción dada la característica espiritual de este oficio. La mayoría de organistas profesionales no saben tocar en una misa, no saben seleccionar el repertorio y los cantos, ni siquiera distinguir las partes de la liturgia. Recuerdo en una ocasión un organista de mucho renombre, que coincidí con él en una celebración litúrgica, y me preguntaba en qué minuto exacto comenzaba y terminaba el ofertorio. No sabía si reír o llorar. Y lo triste de esto es que muchos que no tienen una formación litúrgica adecuada pretenden aspirar a tocar en grandes órganos de iglesias y catedrales como organistas litúrgicos. Creo que habría que distinguir entre organista litúrgico y concertista de órgano, aunque si se dan ambas cosas, mucho mejor.
Recientemente he sido nombrado organista de la Catedral de León. No lo asumo como una dignidad, sino como un servicio a la Iglesia, también a la cultura. Yo, por encima de todo, soy sacerdote, y con mi sacerdocio sirvo a la Iglesia, también a través del ministerio musical. También soy consciente de la responsabilidad que requiere este puesto. Para servir a la Iglesia no se requiere fama y prestigio internacional, se requiere humildad y caridad. Espero estar a la altura.
Ya está influyendo. Mi nombramiento ha suscitado envidias, descalificaciones personales, polémicas… Es triste que estas cosas se den en la Iglesia y provengan de un compañero sacerdote de León. La primera influencia podemos decir que casi me ha costado la enfermedad. Pero no puedo más que comprender y perdonar.
En mi carrera musical solo aspiro a servir a la Iglesia en la Catedral de León: tocar en la liturgia, ofrecer y organizar ciclos de conciertos, escribir música para la Catedral, etc. No pretendo fama ni fortuna, solo trabajo y servicio.
Mi oficio es el de canónigo organista. Los canónigos son los eclesiásticos que están al servicio del culto catedralicio, y el órgano, como parte del culto, lo gestiona un canónigo en esta Catedral. Mi función es la de servir al culto desde el órgano. Aunque personalmente, creo que tengo la obligación de comunicar a Dios a través de la música del órgano. Como decían los teólogos escolásticos, los atributos de Dios son verdad, bondad y belleza. Yo siempre digo que lo primero que percibimos de Dios es la belleza, que es lo que nos entra por los sentidos, y ahí la música de órgano tiene un papel muy importante.
Mi mensaje es que estoy a disposición de la Iglesia, de la música y de la cultura. Tengo las puertas abiertas para todo el que quiera acercarse al magnífico órgano Klais de la Catedral de León, quien quiera disfrutar de su música y descubrir el lenguaje divino en el sonido de este instrumento increíble. La experiencia de percibir la luz a través de las vidrieras centenarias de la Catedral y escuchar la música del rey de los instrumentos es insustituible.

