En estos extraños momentos que vivimos, extraños, si, pero cada vez más cotidianos, celebramos una de las festividades más importantes del año litúrgico, en lo que a la religiosidad se refiere, pero también en lo paralitúrgico y en lo profano. El Corpus Christi no solo es el Día del Señor, es, quiero decir: era, pero al mismo tiempo también volverá a ser...
Por que volveremos a celebrarlo en la procesión, con la Tarasca y con la Custodia, con esos niños y niñas vestidos de blanca comunión desfilando entre pétalos de rosa, con las ferias y las casetas, bailando sevillanas y viendo pasear a los camperos en sus caballos.
Y en todos esos lugares, y en todos esos momentos…
Siempre la música, el canto y el baile.
Las actividades artísticas siempre han formado parte de los aspectos más importantes de la vida, tanto en la intimidad humana como en el ámbito social. No son pocas, por ello, las noticias que nos hablan de la presencia de las artes musicales en actividades de índole festivo, político y por supuesto religioso. Precisamente y sobre todo desde un punto de vista histórico, la festividad del Corpus Christi reúne todas y cada una de estas premisas.
Al menos desde el siglo XVI tenemos conocimiento de la presencia en las festividades del Corpus de actividades musicales de distinta naturaleza, entre ellos grupos de ministriles, cantores catedralicios e incluso muestras de danza cuyas coreografías eran diseñadas específicamente para la ocasión. De esta tradición derivarían los famosos seises, ese grupo de niños danzantes que se integraban dentro de la propia liturgia y que, incluso, aún podemos verlos en catedrales como Sevilla o Toledo. En aquel momento la intencionalidad de la Iglesia al introducir todas estas representaciones artísticas, tanto dentro de los templos como fuera de ellos, en la procesión, no era otra que conseguir la mover la sensibilidad hacia la religión cristiana de una población herida por el hambre y las miserias.
Seria durante el siglo XVIII, concretamente en el año de 1768, cuando Carlos III estableciera que los pasos procesionales fuesen escoltados por las Músicas Militares en representación de los poderes del Estado. En un principio estas Músicas estaban representadas por los Cuerpos Musicales de las Guardias Reales, es decir eran las bandas militares de la guardia personal del rey, en concreto las que pertenecían al Cuerpo de Granaderos.
De este modo, fruto de las Ordenanzas de Carlos III, seria durante las celebraciones del Corpus Christi de 1768 cuando se celebrase por primera vez una procesión institucionalizada tal como la conocemos hoy. A partir de entonces no hay procesión que se precie ni hermandad que lo permita que no luzca una o varias bandas de música tras sus esculturales pasos.
Así mismo, la presencia de música vocal en las procesiones era algo evidente y muy común sobre todo en la mayor parte de las catedrales españolas, en las cuales se componían piezas vocales especialmente para ser interpretadas en Semana Santa. No se trata de géneros como la misa o el réquiem, que también los hubo, sino de piezas especiales que en enclaves como Sevilla se las denominaban Coplas o Coplas Catedralicias. Este género, debido a la prohibición que impedía ejecutar el canto a las mujeres dentro de los templos, era compuesto e interpretado en su mayor parte por coros y solistas masculinos.
El declive de este género comenzó en torno al 1900, cuando las bandas de música ya se habían hecho con la hegemonía del mercado músico-procesional. No obstante, debemos recordar que las primeras piezas musicales bandísticas procesionadas contenían letra y esta se cantaba; y aun así, las primeras marchas procesionales, entendidas propiamente dentro de su género, también estaban basadas en melodías cantadas, que en un principio provenían de esas coplas o de partes de arias de ópera.
Precisamente dentro del corpus de marchas del Maestro Pinteño, músico granadino a quien he tenido la suerte de poder dedicar una monografía, existe uno de los ejemplos más antiguos de reutilización de material temático de una ópera en una marcha procesional, la tituló: Marcha sobre motivos de la Norma.
Además, un dato interesante de comentar es que en los últimos años, los compositores de marchas procesionales han recuperado parte de esta tradición y han sacado a la luz algunas marchas cuyo trío es cantado.
Pues bien, seria en torno a los años veinte del pasado siglo, continuando con su transcurso evolutivo, cuando las marchas de procesión se nutriesen no solo con elementos líricos y militares, sino también con la incorporación de elementos de la música folclórica y popular. Es el momento de la composición de marchas como Procesión de Semana Santa en Sevilla (Pascual Marquina), Nuestro Padre Jesús (Emilio Cebrián), Madre de los Gitanos Coronada (Abel Moreno), Lloran los Clarines (Abel Moreno) o Rocío (M. Ruiz Vidriet).
Pero por aquello que se dice sobre que “las modas siempre vuelven”, también será en estos momentos cuando se recupere la práctica del canto en las marchas, sin duda como influencia de las antiguas coplas. En estos momentos ya podemos hablar de formas de marchas tripartitas de modo que la sección destinada a lo vocal seria el trío, sin duda la parte más lírica de las mismas. Fue, por otro lado un modus operandi, la incorporación del canto popular en sustitución de aquellos primeros pasajes de origen lírico por himnos populares o en honor a las Vírgenes titulares de poblaciones concretas.
Llegamos así al caso de Triunfal de J. Blanco. Una servidora conoció de primera mano esta marcha cuando una vez tras otra la interpretábamos en la banda donde tocaba de pequeña. Era una de los cuarenta principales en el repertorio bandístico de entonces, y sé de bandas que todavía la tocan aunque ya se las considera como “de aquellas más antiguas”. La segunda parte de mi historia fue el año que trabajé en Toledo y tuve la oportunidad de conocer de cerca algunos factores de su religiosidad popular, cuando tras un recital que tuvo lugar en la Catedral, el pueblo/público se levanto y tal como parecía estar acostumbrados a hacer, aquellas personas entonaron juntas cierta melodía que me resultaba muy pero que muy conocida. Se trataba de aquella melodía que inserta en el trío de Triunfal, tantas veces había tocado de pequeña en mi banda. ¿Cómo iba a olvidarla?. No pude menos que preguntarles a las señoras que tenía al lado que era aquello que cantaban. Su respuesta: el Himno Cantemos al Amor de los Amores.
Contemos entonces la historia de Triunfal.
Entre los días 23 de junio y 1 de julio de 1911 se celebró en Madrid el XXII Congreso Eucarístico Internacional. Con motivo del mismo, la comisión rectora de este congreso encargó la composición de un himno oficial para el mismo, resultando de dicho encargo el Himno Cantemos al Amor de los Amores, cuya letra corrió a cargo del Padre Restituto del Valle Ruiz y la música del compositor Ignacio Busca de Sagastizabal.
Cantemos al amor de los amores,
cantemos al Señor,
Dios está aquí,
¡Venid adoradores,
adoremos,
a Cristo Redentor! ….
(siguen mas estrofas)
El Amor de los Amores se consagró en aquella época como himno oficial de la festividad del Corpus extendiéndose a todos los puntos del país. De algún modo este himno quedo fijado como hito popular en Toledo, donde se ha conservado hasta nuestros días.
El entonces oficializado Himno del XXII Congreso Eucarístico Internacional no tardaría en ser plasmado en una marcha de procesión: Triunfal. Podemos fechar la composición de esta archiconocida marcha procesional entre los años 1911 y 1922. Las fechas establecidas tienen en cuenta el año en que se celebró el Congreso Eucarístico y el año en que fallece su compositor, José Blanco.
Hablemos un poquito sobre este músico. José Blanco nace en Madrid en 1897. Comienza su carrera musical como miembro de la Banda Municipal de Madrid y tiempo después se traslada a la localidad toledana de Torrijos, donde es director de su banda de música. Blanco permanecería en esta localidad hasta el fin de sus días en 1922.
Fue sin duda alguna en Toledo donde José Blanco se empapo del Amor de los Amores y utilizo su material temático para el trío de su marcha Triunfal. En la portada de la misma, el autor reconoce que su marcha está compuesta sobre motivos eucarísticos. Unos años después, entre 1942 y 1949, el también compositor Emilio Cebrián, quien sin duda conoce el éxito de la marcha de Blanco, la transcribe a tipografía de imprenta para ser comercializada por la Editorial Música Moderna. Es en estos momentos cuando Triunfal cruza las fronteras toledanas y es distribuida por la mayor parte de la geografía española, quedando como obra obligada para las procesiones del Corpus Christi y otros actos al Santísimo. Unos años después, en 1951, los herederos de José Blanco, tras algún desencuentro en los juzgados, consiguieron registrar los derechos de autor de la obra de su padre en la SGAE.
En esta localidad toledana, Torrijos, aún se siguen interpretando algunas piezas cantadas en las procesiones, es por ello un hecho más que verosímil afirmar que Triunfal durante sus primeros años fue sin duda una marcha cantada cuya letra, así como la melodía de su trío, es la del Amor de los Amores.
¿Qué mejor manera de celebrar este jueves el histórico día que nos ha sido arrebatado? ¿Qué mejor mensaje para elevar al cielo? ¿Qué mejor modo que el de Cantar?
Cantemos, señores.
Cantemos al Amor de los Amores.



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